Mariana abrió los ojos deslumbrada por la luz que se filtraba entre las hojas. No podía recordar qué hacía ahí, tirada en el suelo y en pijama. Se incorporó lentamente, no le dolía nada. Trató de recordar lo que había hecho antes de perder la consciencia... ¡Niebla! exclamó al recordar que había seguido a su gata que de repente había saltado por el balcón y corría como si de ello dependiera su vida. Mariana bajó las escaleras tan rápido como pudo, descalza y en pijama, y corrió detrás de la sombra gris que resplandecía bajo la luna. Niebla era una gata tranquila y casera, nunca se había escapado, porque ni siquiera le interesaba salir cuando alguien abría la puerta, toda su vida era sentarse plácidamente en el balcón y mirar lo que pasaba a su alrededor. Por eso Mariana no pudo evitar seguirla, pero cuando ya habían corrido un buen rato, le dolieron los pies, que no estaban acostumbrados al asfalto. ¡Niebla, para de correr, este piso es muy duro! le gritó. Para su sorpresa, la gata se detuvo y se sentó en el piso, mirando a la luna tranquilamente, como si no hubiera hecho ningún esfuerzo físico hasta ahora. Lo último que Mariana recordaba eran los inmensos ojos grises que la miraron fijamente.
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